Mario Gutiérrez Cru y Arturo Moya Villén
EST_ART SPACE
08.11.2025 – 24.01.2026
Voces: Maite Sánchez, Javier Montorcier, Mario Gutiérrez Cru y Arturo Moya Villén
«No quedará nada» se presentó como una instalación audiovisual sostenida en una voz plural.
A esta palabra colectiva se han sumado las aportaciones de José Antonio Ruescas Juárez y José Enrique Ema López, cuyos artículos están disponibles para lectura y descarga más abajo. Les reitero desde aquí mis gracias infinitas .
Las voces grabadas, sometidas a un proceso de corte recíproco en la instalación, y por tanto indisponibles, aparecen aquí restituidas completamente para su escucha, como documentación del proyecto.
Se adjunta, además, un resumen video de la activación de la instalación en la que participaron Araceli López, Yariel, Mario Gutiérrez Cru y Arturo Moya Villén.
Por último, la exposición fue clausurada con la voz del colectivo Laboratrío, formado por Paco Romero, Yariel y José Enrique Ema.
(english below)
irónicamente, a desaparecer?
El otro por sí mismo. Jean Baudrillard
“No quedará nada” es escucha y cuestionamiento de un espacio. Una pregunta que se encierra entre cuatro paredes para horadarlas desde su mismidad en fuga, fracturada y alimentada por el asombro y el hábito desvelado. Es situarse entre el dentro y el afuera para decir el espacio, para comentarlo en el sentido foucaultiano, en la esperanza de hacer audible su silencio y decir por primera vez lo que ya había sido dicho; es desvelar lo que yacía invisible allá al fondo mediante una mirada que es rescate, fuente y conflicto, pero también azar en el que resuenan los muros desde el principio.
Ahondar los surcos que labran los hábitos del polvo, espejear los caminos que inaugura la luz en sus dinámicas de sedimento vivo, o escuchar el ritmo de los días debajo de la puerta del vano; todo es colaborar con lo perecedero, descubrir en los bordes del hueco algunas lógicas presentidas, anteriores y prospectivas, y transformarlas en sujeto con voz. Voz compartida, plural, capaz de sostener el peso de una arquitectura apesadumbrada por los signos. Llenar un hueco de todo aquello que lo nombra como vacío, que será siempre su destino fatal. Bucear las sombras que se fueron y aún persisten, encontrar las bocas que lo cuentan.
La instalación colabora con lo efímero, lo inflama -efemĕrus son las fiebres de un día-, y se propone como dispositivo para pensar la fragilidad. La tensión ante la propia desaparición es la metáfora que funda y a la vez problematiza el proyecto, y con él las formas de enunciación de lo artístico. Una nave industrial de pasado cerámico, nudo de significaciones simbólicas, sociales y políticas, se erige como contenedor-contenido desde el que respirar un momento en el que el arte se abisma ante la magia de su propio desvanecimiento, como sugería Baudrillard. “No quedará nada” propone la pérdida como acto fundacional de lo estético. Es en el desvanecimiento de la compacidad del mundo, en el derrumbe de sus contrafuertes, que surge la posibilidad de la poesía, el horizonte que se quiebra, la luz ciega. Es la pérdida irremisible del yo, del otro, lo que nos abre el sentido del objeto artístico, perpetuamente elusivo.
La exposición cuenta con el apoyo de los festivales PROYECTOR, IN-SONORA y EST_ART Space.
Locuciones íntegras:
La desaparición no puede ser irónica
Juan Antonio Ruescas Juárez
Como ante cualquier otra creación, ante No quedará nada hay un momento en el que la obra me domina a mí y otro en el que yo, sin éxito, trato de dominarla a ella. Son, respectivamente, el momento en que más bien percibo la propuesta y aquel otro en que más bien la pienso. La primera dominación se da por el mero estar ahí de algo que no soy yo; la segunda se da en mi irrefrenable tendencia categorizadora. No son, de hecho, dos momentos sucesivos. Mi referencia a ellos si debe serlo.
Lo que puedo decir de la primera dominación es que me atrae y me atrapa una plasticidad que lo es en sentido amplio: la del movimiento pendular sobre unas tinajas en las que no hay nada y hay algo. Parte de esa atracción y ese arrebato es la incomodidad que la penumbra provoca en un visitante más bien intelectualista, como es mi caso. Atracción y arrebato a los que uno se rinde porque la invitación a deambular es seductora.
Para la descripción de la segunda dominación necesito más palabras. Para ser riguroso, debería decir, sencillamente, que necesito palabras. Se prolonga y verifica mientras escribo.
Quizá sea imposible la deixis de lo que ya no está. Porque quizá la nada, una vez designada, deje de ser “nada”. Quizá sea inexpugnable esta especie de tautología, en la Parménides se hace fuerte. Quizá. Pero las consecuencias serían muy serias: no habría referencia posible a lo perecedero que, a la vez, lo respete en cuanto tal.
A veces, sin embargo, este imposible parece posible. La inmersión en No quedará nada es una de esas ocasiones. Se designa lo perecedero respetándolo como tal. Conseguimos colaborar con lo efímero. O, más bien, lo conseguimos por un momento. Y después por otro, y después por otro, y después por otro… Esos momentos no pueden ser sistema, no pueden ser unidad; tienen que ser una sucesión porque tenemos que dejarlos ir.
Por una feliz paradoja, los bucles de No quedará nada muestran, quizá, una permanencia, pero aluden, sobre todo, a lo efímero. El movimiento pendular solo es una de las manifestaciones de esta paradoja. Otra es la alternancia de emergencia y desvanecimiento (emergencia y desvanecimiento del sonido en función del deambular).
La instalación me hace percibir una segunda paradoja, no menos feliz: los momentos que perecieron se aglutinan… pero sin volver a estar propiamente presentes. En virtud de la saturación de los ayeres que perecieron, estos cuajan en algo que emerge y permanece… pero no para siempre. No, no me parece que sea una resistencia ante lo efímero lo que constituye el gesto de No quedará nada sino, más bien, colaboración con lo efímero. Colaboración que tiene algo de sumisión. Sumisión sin lamento.
Creo que, en rigor, la desaparición de la que se nos habla no puede ser irónica. Y no solo –ni principalmente– por la constatación –ciertamente banal– de que siempre habrá alguna presencia; no solo por la constatación de que, en la filosofía como en el arte, decir –o mostrar– el camino –o la voluntad– de la desaparición es, de un modo u otro, hacerse presente. No, no es solo por eso. Si la desaparición no puede ser rigurosamente irónica es, más bien, porque persiste en el horizonte, imborrable, una desaparición que no es objeto de elección; una desaparición de imposible gestión, una desaparición que no se deja manipular de modo que aparezca ante otros como el desaparecido –ya sea sujeto, ya discurso– querría. Persiste en el horizonte una desaparición arrolladora, que llega sin atender a razones. Por eso no se deja vivir irónicamente.
Ahora bien: aunque la desaparición no pueda ser irónica; aunque, muy probablemente, sea un destino, no tiene por qué ser un mal destino. Una desaparición no irónica, ¿no es la ocasión de un sereno aprender a extinguirse? Aun si se vislumbra infructuosa, la desaparición puede asumirse sin lamento. O mejor: sobre todo cuando se vislumbra infructuosa. La desaparición sin lamento ni expectativa es desaparición no-sacrificial. Pero hay que insistir: la desaparición la afrontan tanto los sujetos como los discursos y las estéticas.
Aprender a extinguirse no puede ser lo mismo que desaparecer irónicamente. Caben desapariciones temporales, letargos, retiros y excursiones al desierto. La honestidad no impide que estos mutis sean circunstanciales, pero sí exige que se hagan con la conciencia (a menudo muy cierta) de que pueden ser definitivos.
Hablo de lo que más conozco: en filosofía, se aprecia el agotamiento de muchos discursos, de muchos asuntos, de muchas palabras. Porque todo está como manoseado y la saturación de usos hace imposible la comunicación. Por no hablar de la conversión del discurso en mercancía. Esto es solo una sospecha, pero una sospecha que hay que mantener.
Lo que más necesitaría ser dicho es lo más radicalmente indecible. Hay en ello más tragedia que ironía. Pero –y esto es decisivo– puede tratarse de una tragedia sin amargura. Intuyo que algo similar puede ocurrir con el arte.
En fin: en la filosofía como en el arte, ¿no habría que aprender a heredar (es decir, reinventar) una cierta tradición de desapariciones no irónicas?
Una venerable tradición hace decir a su célebre fundador: Os conviene que yo me vaya ([1]).
La célebre proposición séptima del Tractatus dice: De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca ([2]).
Adorno advirtió que, en la lucha por decir lo que se debe decir, se impone una criba que apunta a la imposibilidad de un discurso que pretenda ser afirmativo ([3]).
Machado fijó lo perecedero como raíz y ocasión de la poesía:
Y te enviaré mi canción:
«Se canta lo que se pierde»,
con un papagayo verde
que la diga en tu balcón ([4]).
Y Rafael Sánchez Ferlosio supo ver y celebrar, en este gesto machadiano, una lírica que nace de la conciencia de lo efímero en cuanto tal, una lírica que no solo no se resiste sino que se deja arrebatar por lo perecedero ([5]).
[1] Jn 16, 7.
[2] L. Wittgenstein, Tractatus Logico-philosophicus [proposición 7], Madrid, Tecnos, 2003, p. 277.
[3] Th. Adorno, Dialéctica Negativa, Madrid, Taurus, 1989, p. 361. Horkheimer, sin embargo, advirtió que, aunque determinados objetos no se pueden afirmar, la facticidad, a menudo lúgubre, nos hace pensar en ellos [M. Horkheimer, «El anhelo de lo totalmente otro. Entrevista con Helmut Gumnior», en J. J. Sánchez (Ed.), Anhelo de justicia. Teoría crítica y religión, Madrid, Trotta, 2000, p. 165 ss.]
[4] A. Machado, «Canciones a Guiomar», Poesía y Prosa, II, Madrid, Espasa, 1998, p. 732.
[5] Sánchez Ferlosio, «El caso Manrique», en Ensayos y artículos, Barcelona, Destino, 1992, II, 186-241.
Enlace de descarga del texto:
La desaparición no puede ser irónica. Juan Antonio Ruescas Juárez (0 descargas )Notas sobre “No quedará nada” o cómo aprender a permanecer
José Enrique Ema López
Cuatro voces hablan en el interior de lo que fue una nave industrial. Cada una calla tan educada como abruptamente cuando una de las otras comienza. Se respetan los turnos de voz, aunque no es suficiente para conformar una conversación.
La luz de fuera se filtra dentro a través de las rendijas de la instalación. La de la puerta, que al fallar (no cierra del todo) acierta a dibujar una línea interior, y la que aparece asincrónicamente en las imágenes proyectadas sobre la pared en algunos rincones inesperados. Con alguna de ellas tropezarás en algún momento para devolverle el reflejo de tu sombra.
Cuatro jarrones olvidados de edad avanzada suenan la memoria de sus materiales tal y como desvelan los péndulos-micrófono que se deslizan sobre ellos. Además, el uso atinado de las ondas estacionarias (que escuchamos de manera diferente según nuestra posición) durante unos minutos, nos invita a recordar que el sonido es más que un objeto para contemplar, una relación de la que participamos. Igual que las imágenes-sombras que vemos, o la memoria y el olvido que intuimos tanto como desconocemos.
Estas cuatro escenas no completan la descripción de este ensamblaje visual-espacial-sonoro de heterogeneidades que funciona interrogando lo que puede verse, oírse y hacerse. La instalación preparada por Arturo y Mario con su fino y virtuoso despliegue técnico sonoro y visual, nos convoca no solo como espectadores que tenemos que observar lo que ya está ahí parado esperándonos. No es accesorio que todo invite a moverse, a no permanecer quieto y, con ello, a formar parte. No hay lugar exterior desde el que mirar la instalación como un objeto separado de ti. Tu posición conforma también lo que puede percibirse. El sentido no está ni dicho, ni contenido en las palabras, pero algo cambia cuando te sitúas entre ellas en su movimiento. Las imágenes que saltan aquí o allá tampoco lo revelan, pero cuentan contigo para hacer sombra a su trayectoria. Caminando el tiempo, llegas a los minutos en los que no puedes no vibrar con el sonido que te envuelve. Vibrar físicamente, digo, y entonces también podrás vibrar afectivamente.
A pesar del título “No quedará nada” y las referencias a lo efímero, la fragilidad y lo perecedero en las palabras empleadas para introducir este trabajo, no encuentro en su obra ninguna apología desencantada del fin como único presente posible. Todo lo contrario, creo que la instalación exclama con fuerza ¡cómo no formar parte! a la vez que nos invita a preguntarnos ¿cómo formar parte? Esta interpelación doble me parece su mayor logro y atractivo, su capacidad de generar una situación en la que nuestro modo de percibir, de habitar… y de permanecer, sí, puede ser interrogado.
Aunque como buen dispositivo dispone pero no propone, la instalación crea una zona intermedia de paradojas (interior-exterior, presencia-ausencia, memoria-olvido) en donde quien la visita puede probar a pasar de observar a formar parte. No es de extrañar que algunos visitantes, mayores o pequeños, comiencen a jugar con sus sombras a curiosear con sus cabezas inclinadas en el interior de los jarrones que hablan o a bailar de un modo raro buscando experimentar el efecto sorprendente de las ondas estacionarias. Ha ocurrido, yo estaba ahí.
No veo tanta distancia entre el juego, la curiosidad y el baile y la posibilidad de reinventar otras formas de vínculo y de construir un mundo común más durable con los mimbres de lo efímero, frágil y perecedero que son también condición de nuestra potencia infinita de permanecer. Algo podrá quedar entonces.
Enlace de descarga del texto:
Notas sobre “No quedará nada” o cómo aprender a permanecer. José Enrique Ema López (0 descargas )Resumen en video de la activación de la instalación
Est_Art Space. 13-12-2025.
Participaron:
Araceli López, Yariel, Mario Gutiérrez Cru y Arturo Moya Villén